
Érase una vez una chica que volaba alto, tan alto como están las estrellas en el firmamento. Volaba hasta que unos muros inmensos le prohibieron el paso y fue encerrada entre cuatro paredes que la asfixiaban. Por largo tiempo lloró y lloró sin percatarse de que más allá de sus barreras se hallaba la libertad. La tenía muy cerca pero las lágrimas le empañaban el alma y el barro formado por la mezcla de arenilla y el agua salada de sus ojos de mar le embadurnaba su voluntad.
La chica se arrastraba día y noche, inmobilizada por el terror de saberse sola y sin amigos a los que acudir. El mundo la había olvidado o, más bien, ella se había olvidado del mundo. Lloró hasta arder de fiebre, sangró palabras heridas y heló mares cicatrizantes de vientos del norte. Así un buen día dejó de mirar el suelo y alzó su vista al hermoso cielo azul. Tan inmenso como el aura pura de la vida, tan al alcance de su mano ahora que sabía como derribar los muros: desde los cimientos. Golpeó fuertemente y, para su sorpresa, esas paredes que largamente habían conseguido separarla de su amada libertad cayeron cuales plumas caen al suelo. Volvió a volar, la chica, libre como el viento. Audaz como las águilas. Amada como lo que es...libre.
Marisol