Do you believe?

I don't believe in perfect love. But I do believe that there are people whose lives are inextricably intertwined.



Dawson's Creek

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sábado, 18 de septiembre de 2010

LA REINA DE LAS NIEVES




Es curioso observar cómo la vida te ofrece la lectura apropiada en cada momento. Como el buen maestro que enseña al alumno a su ritmo... dando los conocimientos que precisa en el momento más oportuno. Aquí va uno de ellos:

" - Me resulta imposible ser feliz- susurró Marta.- He sufrido demasiado este último año. [...]

(Momentos anteriores)

- Últimamente estoy un poco más triste que de costumbre, no tengo ganas de nada y lloro a menudo. Siento una angustia dentro de mí que me sube del corazón y no se calma. No consigo alegrarme por nada. Tengo la sensación de vivir en un mundo de hielo.

[...]

- Tú has sufrido mucho y, por miedo a que te hieran de nuevo, tratas de huir apartándote de la bondad de los demás. Ésa es la razón de que no consigas amar a nadie y tengas el corazón de hielo. Por eso sientes amargura, tedio, desilusión, angustia. Es preciso buscar en lo más profundo de nosotros mismos, porque hay algo enterrado en nuestro inconsciente que nos hace la vida difícil. Si consigues expresarlo, te salvarás; de lo contrario, te destruirás."

Este fragmento pertenece a un libro titulado "El buscador de sueños".
Me ha parecido interesante como reflexión para cualquiera y como lección para aquellos que opinan que el optimismo es el síndrome del necio.

Pues bien, llamémosle falso tecnicismo por no llamarle el síndrome de la reina de las nieves pues no es sino con el corazón de hielo la manera de pretender que una oportunidad de sonreír sepa a tragedia.

Y un consejo, si se me permite, que no os congelen la sonrisa pues, en el siguiente paso, le toca al corazón. Sed cálidos y felices, merece la pena.

Marina

lunes, 26 de julio de 2010

De cómo derrumbar paredes


Érase una vez una chica que volaba alto, tan alto como están las estrellas en el firmamento. Volaba hasta que unos muros inmensos le prohibieron el paso y fue encerrada entre cuatro paredes que la asfixiaban. Por largo tiempo lloró y lloró sin percatarse de que más allá de sus barreras se hallaba la libertad. La tenía muy cerca pero las lágrimas le empañaban el alma y el barro formado por la mezcla de arenilla y el agua salada de sus ojos de mar le embadurnaba su voluntad.

La chica se arrastraba día y noche, inmobilizada por el terror de saberse sola y sin amigos a los que acudir. El mundo la había olvidado o, más bien, ella se había olvidado del mundo. Lloró hasta arder de fiebre, sangró palabras heridas y heló mares cicatrizantes de vientos del norte. Así un buen día dejó de mirar el suelo y alzó su vista al hermoso cielo azul. Tan inmenso como el aura pura de la vida, tan al alcance de su mano ahora que sabía como derribar los muros: desde los cimientos. Golpeó fuertemente y, para su sorpresa, esas paredes que largamente habían conseguido separarla de su amada libertad cayeron cuales plumas caen al suelo. Volvió a volar, la chica, libre como el viento. Audaz como las águilas. Amada como lo que es...libre.

Marisol

lunes, 5 de julio de 2010

HISTORIAS DE CALLE Y PENA



Son las diez y media de la noche. Sara continúa en la calle, haciendo la calle… como cada uno de sus días. Sara tiene frío, ya empieza a venir el mal tiempo y su piel de gallina es como una tela de seda que deja traspasar el frío pero esconde perfectamente el miedo.

Hoy no es su día de suerte: tres servicios en toda una tarde… sabe que va a sufrir consecuencias por ello. Mira a todos los lados. Se acercan unos chavales que la miran, se ríen, se mofan de ella. Sara les grita algunas frases obscenas para que contraten sus servicios pero como toda respuesta sólo recibe el crudo murmullo de la ignorancia. A lo lejos alguno de los muchachos le grita: “¡PUTA!”.

Sara sopla agobiada, no sabe qué hacer para conseguir la mínima cuantía del día: quinientos euros… que lejos estaba de conseguirlos.

Ya deben ser las once de la noche pasadas. Un hombre de aspecto rudo se acerca a Sara. Se para en seco. El proxeneta exige:

- Mi dinero. Dónde está mi dinero.- Acompaña a sus exigencias una mirada autoritaria que esclaviza a Sara y a su mirada.

- Esto es todo lo que he conseguido hoy.- Sara tiende sus doscientos treinta euros con la mano temblorosa. Sabe que su excusa no la va a salvar de lo que se avecinaba.

El proxeneta la mira con la crueldad nacida de lo más profundo de esos oscuros ojos. Penetra su furia en el corazón afligido de Sara. Ella, cabizbaja, sólo consigue murmurar algo parecido a una disculpa.

El proxeneta la agarra fuertemente del brazo y la tira contra la pared. Acerca su tétrico aliento a su cara. Sara empieza a sentir en su cuerpo los efectos del miedo.

Aquel hombre con la furia en las entrañas empieza a golpear a Sara, la empuja, la pega, la maltrata.

Una mujer entrada en años se acerca con una barra de hierro y golpea por la espalda al proxeneta; le golpea fuertemente para que deje de pegar a esa muchacha. En ese momento, Sara aprovecha para deshacerse de las garras de ese hombre maldito y lo empuja fuertemente contra la pared, con todas sus fuerzas, con ganas; aunque para ello debiera romper todos los huesos de su afligido cuerpo.

El proxeneta se aleja a trompicones maldiciendo a la mujer y a su puta, maldice y jura que volverá y que se las pagará.

Sara se deja caer como un papel viejo en el suelo y se apoya a la pared. Agacha la cabeza y la esconde entre sus piernas, sólo entonces rompe a llorar. La mujer mayor la mira compasiva, sus ojos reflejaban el dolor de toda una vida vivida a golpe seco y a empujones.

Esa mujer que ha entrado bruscamente en la vida de Sara se sienta a su lado y, acariciándola, le pregunta cómo se llama:

- Sara,- Responde entre sollozos.- pero todo el mundo me llama PUTA.

- ¿Por qué lo haces? – Pregunta la mujer a Sara.

- ¿El qué? ¿Ser puta? - Pregunta Sara sorprendida.

- No, me refiero a dejar que ese nombre tan bonito que te pusieron tus padres lo sustituyas por el de Puta.

Por toda respuesta Sara sólo consigue mirarla, mirarla bien profundo, a los ojos porque ella estaba convencida que la verdad de cada persona se esconde en los ojos.

La mujer se levanta y ayuda a Sara a levantarse. Sin decirle más que un adiós hace ademán de volver por el camino que había venido. Entonces, Sara reacciona y le grita a lo lejos:

- ¿Cómo te llamas? Y… ¿Dónde vives?

La mujer se da la vuelta y vuelve al encuentro de Sara. Cuando se tienen frente a frente le responde con voz suave y melosa:

- Soy Esperanza y vivo en la calle.- Dando su respuesta por concluida, la vagabunda vuelve a darse la vuelta y a volver por el camino que había venido.

Sara se quedó quieta por unos instantes. Una mujer que vivía en la calle le había prestado ayuda sin haberla pedido. Una mujer que estaba tan mal como ella había parado durante una hora el transcurso de su propio melodrama para unirse al suyo. Una mujer singular con toda la bondad que le hacía falta a esta sociedad.

Sara siguió mirándola a lo lejos hasta que su silueta se perdió en la noche. Era hora de volver a su cárcel de latón y dormir aprisionada entre sábanas de angustia. Era la hora de soñar.

Al día siguiente, rondando las cinco y media de la tarde, Sara empieza a pasearse por la calle de las tardes. Hoy le toca doble jornal: tarde y noche. Acaba de salir a la calle y está observando a la gente que pasa por allí. Ni siquiera sonríe, cuando lo intenta se asoma una mueca de dolor… había disimulado la huella del maltrato en su piel pero el maquillaje no era capaz de tapar el gran golpe que dejó en su corazón. Nadie se acerca a ella, nadie. Su aspecto es deplorable… la tristeza de estos últimos años estaba acabando con ella incluso antes que las palizas que recibía.

Pasó la tarde muy lentamente para Sara, se preguntaba dónde estaría Esperanza. Dónde estaría.

Creyó verla pasar dos calles más abajo con un carro de compra y la siguió. Cuando al fin aquella mujer se para en un banco de la plaza, ella se acerca.

- Te ha pegado otra vez. Deberías denunciarlo. No tiene derecho a tratarte así.

- No puedo, - Dice mientras se roza con los dedos el labio partido.- ya lo viste, soy su puta.

- Tú no eres puta. Mírate. No tienes alma de puta, no tienes corazón de puta.

- ¿Y cómo se sabe si una chica tiene corazón de puta?- Pregunta Sara asombrada.

- Muy sencillo, ninguna mujer tiene alma de puta. Ninguna mujer tiene corazón de puta. Yo llevo cinco años viviendo en la calle y cincuenta siento tratada como una basura por ser mujer. No existen las putas. Sólo mujeres que viven en la calle.

- ¿Cómo sabes tanto de estas cosas?- Sara no salía de su asombro.

- Pues recibiendo palos, como todo el mundo. Al principio yo creía que tenían razón. Que nos trataban así porque nos lo merecíamos pero no es así. Claro que no.

- No te sigo…

- Pues que a mí también me llamaron Puta. Yo también cambié mi Esperanza por Puta. Pero no es así. Estaba muy equivocada y me he dado cuenta demasiado tarde. He perdido toda una vida que estaba llena de oportunidades. ¿Y sabes por qué?- Esperanza empezaba mostrar su ira hacia el mundo. Empezaba a revelarse contra su dolor.- Porque yo era una oportunidad para la vida y me largué. Me largué de mi destino. Dejé en las calles y en las camas de los clubs a una mujer y me convertí, sin darme cuenta, en una puta.

Sara sólo consigue mirar a Esperanza. Busca en ella todo aquello que perdió por el camino de las calles. Busca corazón, busca calor, busca comprensión. Sara empieza a sentir en su interior una pequeña esperanza que cala hondo, muy hondo.

Esperanza no espera respuesta. Sabe que esa pobre chica no puede más que escuchar y recoger fuerzas. Sabe que en cualquier momento sus vidas volverán a separarse… lo sabe.

Esperanza se levanta del banco con las pocas fuerzas que le ha prestado el dolor y recoge su carrito lleno de vida. Vuelve la mirada hacia Sara que la mira sin comprender, sin entender, sin querer que se vaya. Entonces habla:

- Muchacha, es el momento de dejar atrás esta pesadilla. Debes dejar todo esto y volver a empezar de nuevo, tú todavía estás a tiempo.- Esperanza habla con la razón, con la sensatez; Esperanza no quiere ver a esa niña escondida entre las faldas del recuerdo atrapada en un futuro incierto, oscuro, rudo.

- ¡No puedo! ¡Mírame! Estoy acabada… acabada…- Sara va perdiendo la fuerza y la fe entre las consonantes de sus palabras. Agacha la mirada, de nuevo.- sólo soy la sombra de lo que una vez fui.

- Muy bien niña, veo que ya te has mirado. Pues ahora mírame a mí.

- ¿Qué?

- Que me mires. Obsérvame. Obsérvame bien porque en mí tienes reflejado lo que te convertirás en el futuro. Dime qué ves.

- Veo dolor, veo miseria… veo un vacío, un trapo sucio y viejo. Veo basura acumulada durante años, veo desprecio… veo todo lo que yo no quiero…- Sara escupe todo lo que sus ojos ven, miran, observan. Sara grita las palabras, no las columpia entre hilos débiles de incertidumbre y miedo. Sara, por primera vez, asegura.

Unos instantes de duro silencio sirven como despedida del encuentro. Esperanza decide que ya es hora de refugiarse en su soledad por el resto del día y empieza a caminar despacito, empujando su carrito, empujando su vida, haciéndola andar, rodar cuesta arriba, a empujones.

Sara se queda ahí quieta. Mirando como se disipa a lo lejos el reflejo de su sombra. La esperanza se va con una mujer que le ha contado la cruda realidad de su porvenir. Entonces, intuye que ya nunca más va a volver a ver a esa vieja mujer que tanto ha aprendido de la vida para poder enseñar muy poco. La viva imagen del dolor. Esa mujer es dolor que camina, miseria que habla. Esa mujer es la esperanza marchita, un rosal sólo con espinas… porque el tiempo ha arrugado los pétalos de la vida.

Esperanza continúa empujando su carrito. Le gustaría dar la vuelta, mirar atrás. Recoger a esa chiquilla perdida entre la crueldad machista. Quisiera arroparla y contarle que todo irá bien… pero eso es lo que hicieron con ella, una vez. Y sigue hoy empujando a su vida, dándole la fuerza que le arrebata la calle, haciendo en cada paso la historia de la pena y de la injusticia.

Sara empieza a caminar, como Esperanza, pero con más fuerza. A cada paso va recobrando la entereza. A cada paso va recordando las palabras de Esperanza. Ahora casi corre, anda muy deprisa. Quiere escapar y, entonces, recoge fuerzas una vez perdidas y empieza a correr. Corre. Corre. Corre. Cada vez más rápido para que el dolor no la atrape. Corre descalza, sin zapatos, para que no la aten a la locura.

Sara recuerda que se dirige a ninguna parte. Frena en seco. Observa a su alrededor. Todo es un mundo desconocido que se le presenta hostil. Sus ojos asustados reclaman de nuevo la impotencia. Sara llora, llora de rabia, llora de dolor, llora para ahogarse entre sus lágrimas. Da media vuelta y sigue su camino andado. Mira al suelo buscando cada paso dado con firmeza y ahora pisoteado por su miedo.

Vuelve por el camino de la esperanza para sumirse en la rutina de la vida insípida.

Ya sin identidad de heroína, sigue caminando arrastrando la esperanza de algún día poder echar a correr sin detenerse en el camino.

Marina

sábado, 29 de mayo de 2010

EN ALGUN LUGAR EN UNA MANCHA...


Érase la historia de un nuevo hidalgo caballero que vive (o acompaña a vivir) en un lugar de cuyo nombre (a Dios pongo por testigo) ni quiero acordarme... evidentemente... no se trata de ningún rincón de La Mancha sino de una mancha en un lugar...

Este querido hidalgo caballero se pasea ( a veces a trote... otras al galope) como si del mísmisimo Don Quijote se tratara pues confunde el viento con los molinos, el cianuro con el agua... y bebe fango todos los días al caer de su caballo.

Como buen jinete que es... a todas partes viaja cabalgante con su caballo... un caballo perfectamente montable y cabalgable... que sigue el camino de las riendas pasito a pasito aunque a veces es guiado al galope... salvajes sus pasos... alza sus pezuñas al vuelo para pisar bien fuerte el suelo...

No obstante, esta historia dista mucho de ser épica y grandiosa... diría yo que se asemeja a lo grotesco y roza descaradamente el pateticismo pues... ¿Dónde anda Sancho Panza?
Escondido, deduzco. Intentando no ser más nunca relacionado con el cabalgante de los molinos... ¿Quién querría en su sano juicio viajar casi a pie al lado de un jinete con rasgos bastante pronunciados de esquizofrenia? ¿Quién es capaz de seguir al salvaje galope del caballo? ¿Quién es capaz de luchar contra molinos de viento?

Señores... nuestro recién hidalgo caballero anda perdido entre ráfagas de viento... fiel su caballo a su comida... caminante de caminos inciertos... en busca de la gran batalla...

Marina

domingo, 28 de marzo de 2010

LA NIÑA Y SU JARDIN DE ROSAS




Yacen hoy sobre la espalda de una niña miles de mochilas mal cerradas... sus bolsillos del revés recuerdan su aire descuidado, su tierna confianza... ella abre al mundo todo lo que el mundo un día no le abrió a ella.




Y esa niña camina hoy despacio, contando los pasos, uno, dos, tres... perdiendo la cuenta en cada uno de ellos, volviendo a comenzar des del cero... no le importa.




En su particular jardín ya no florecen rosas blancas, ya no se entallan con espinas altas y vigorosas... y la niña voltea contenta por poder tocar y oler las flores marchitas sin hacerse daño. Es seguro su jardín lleno de flores muertas ... ¿sin color? No importa, ella les regala témperas con un pincel cada mañana.


Ya no son rosas blancas, ahora pintas colores diversos, vivos y variopintos. Ahora su jardín marchito parece el más hermoso de todos... pero su jardín no huele a rosas frescas... y eso tampoco importa. La niña se encarga cada noche de perfumarlas una a una... con sumo cuidado, cantando, bailando, dejando que la noche recaiga sobre sus ojos.




Cuando el Sol termina por esconderse... no hay oscuridad que a la niña aflija, tampoco importa no tener al Sol en su compañía... teniendo tantas estrellas brillando una a una por ella y por sus rosas muertas. Enciende la niña su linternita y alumbra cuidadosamente el camino que rodea las rosas ya pintadas, ya a medio perfumar... ya sin el pavor de recibir el dolor de sus espinas.




La niña vuelve tarde a casa. Sus padres la esperan dormidos uno al lado del otro. Recostaditos, quizá ajenos a los delirios de su pequeña.


Dejando en el suelo de cualquier manera su mochila a medio cerrar, se lanza sobre su cama, esponjosa, rebotante, espléndida para esa noche en la que la niña dormirá, otra vez, sola.


La niña se despoja de su floreado y veraniego vestido, lo lanza muy lejos, reposando en la entrada de su habitación. Contenta por su genial lanzamiento se dispone a meterse en la cama sin ropas, sin ataduras, sin botones que la aten de nuevo a la locura, quiere dormir ancha y plácidamente... quiere, por una vez, intentar soñar. La niña se duerme.




Amancen sus ganas de llorar en el mismo momento en el que un rayo de luz apacigua sus pesadillas... se despierta sobresaltada, de nuevo, y con la frente empañada de un sudor frío, cortante, repleto de miedos y fantasmas que habitan su habitación noche tras noche.


Ya en la vigila de sus miedos, la niña decide salir de la cama, ducharse con agua bendit cayéndole por todos los costados... inclinándose de cuclillas para así llorar y que no le oiga más que la tierra y el polvo que la desnudan.




Sale la niña repleta de resplendor enjabonado. Huele bien, sabe bien, sus ojos bañados se disponen a pasear por el telón de la función. La niña actúa.




Con su vestidito inocente, su mochila a medio cerrar y unas manos repletas de cariño se dirije de nuevo a su refugio y a su rosal.




Con su nuevo canto y sus nuevas ganas de evadirse de su realidad, la niña se encuentra con un muchacho al frente, repleto de un ramo de rosas exuberantes, rojas como nunca, llenas de espinas prominentes... el niño se lo ofrece diciendo: "Estas están vivas, pequeña, tómalas, huélelas, y no temas por las heridas... sé curarlas."


La niña se estalactita por segundos, petrificado su corazón, empieza a romperse en mil pedazos para así latir con fuerza. La sangre emana por todas partes de las manos de la pequeña... un dolor agudo se le clava en el alma mientras el muchacho para quieta su mirada clavada en ella.




La niña retira de sus manos esas rosas rojas y las coloca con sumo cuidado delante del rosal marchito. Observa la diferencia y empieza a recordar cuán bonito fue su rosal cuando ella se dedicaba a regarlo en vez de perfumarlo, cuando lo abonaba en vez de pintarlo, cuando recogía con cuidado rosas espinosas y vigorosas... entonces su corazón sí latía...




Vuelve la niña la mirada hacia su nuevo compañero de jardines marchitos... se acercan mútuamente, él con sumo cuidado, ella con terror en las manos.




La niña da de nuevo un paso atrás... revisa sus flores, las mira, las siente parte de ella... y entonces arranca a correr para abrazar a quien llebava en sus manos la cura de sus heridas.
Marina

domingo, 17 de enero de 2010

MIEDO A ENAMORARSE


Adela se mira en el espejo fingiendo una pose rígida y una mirada fuerte. Agarrota todos sus músculos y baña sus ojos con una tela de rabia y fuego.
La joven se acerca a su armario y escoge su disfraz para salir a la calle: un jersey rojo pasión y unos pantalones amarillos, bien amarillos que desprendan la fuerza que sus ojos niegan.
Pero a esa pobre muchacha se le olvidó que su ropa interior la había dejado tal y como estaba: oscura, color de desesperación.
Adela no se encuentra preparada para salir a la calle, vuelve a su espejo teatral y decide maquillarse. Una capa de base, sombra de ojos negra y rimel son puestos con sumo cuidado. A simple vista Adela parece un semblante agresivo. ¡Efecto conseguido!
Satisfecha de su obra, vuelve a mirarse en el espejo, ¿falta algo? Sí, carmín. Rojo, muy rojo, que inviten al deseo de devorar el mundo.
Sale a la calle y un sol resplandeciente refleja su fuerza en la muchacha dándole a cada paso la firmeza que ha perfilado en el contorno de sus labios.
La joven se encuentra por su camino numerosas nubes repletas de agua pero, como rata que se cobija en su madriguera, saca su potente paraguas y se resguarda del agua.
Pero, un día muy soleado, bien entrado el buen tiempo, la joven salió a la calle con su maquillaje, su camiseta pasión, sus pantalones de fuerza y sin su paraguas protector.
Un chaparrón cayó sobre ella empapándola de inseguridad y frustración y todo ese maquillaje provocador se derritió entre un líquido de angustias. Lloró.
Corrió hacia su casa despavorida y agarró con firmeza su carmín y reparó el contorno de sus labios y, a tientas, retomó la sombra y el rimel dejando los restos esparcidos por su semblante furioso y cobarde.
No volvió a salir a la calle, un miedo inhumano le ataba a su escondite y la mantenía enjaulada con su maquillaje intacto.
Hasta que un día se atrevió a salir al balcón, con vértigo, con mucho vértigo y fue, paso a paso, acercándose al borde de ese pequeño abismo.
Empezó a llover y, ésta vez, Adela, ya sin más fuerzas para perder, alzó la vista y contempló como un cielo gris pintaba en su mirada la esperanza.
Arrastró consigo el maquillaje del temor y, mojada, decidió desnudarse en su balcón.
Se quedó en ropa interior y volvió a sentir la lluvia sobre su piel, decidió quitarse el pudor y lanzó sus ropas negras y de color por el balcón.
La muchacha, desnuda, se enamoró sin rencor.
Esta historia fue escrita hace algunos años, cuando guardaba mi corazón para mi soledad, cuando sentía fúria y rabia contra todos los espejos que reflejaban mi debilidad... Escribí este relato cuando mi corazón sentía que se abandonaba de nuevo al amor y, eso, me dejaba sin aliento.
Ahora, vuelvo a sentirme identificada con aquellos miedos, si bien, sé ésta vez que el corazón de las personas fuertes resiste ante todo... aún así... miedo es lo que hay pintado en el centro de mi corazón.
Marina

viernes, 15 de enero de 2010

REMOVIENDO TE


Espero en un rincón de nuestro bar favorito. Con mi asiento divisando la entrada, teniendo muy cerca de mi vista la calle por la cual espero encontrar sus pasos... unos pasos que nunca llegaron, unos pasos que hoy, seguramente, no llegarán.


Me he sentado con todas mis fuerzas guardadas en los bolsillos, bien apretados contra mi piel, con los puños prietos, tensos, evitando cualquier escape de entereza que pudiera desperdigarse por este bar ya no tan familiar.

Sobre la mesa, una foto... un recuerdo, una imagen que hoy empieza a disipiarse, a alejarse tan despacio de mí que apenas percibo su movimiento. A mi lado, humeando, mi té favorito.


A mi alrededor todo es ruido, alborot y diversión. Una niña señala con sorpresa aquella bolsa de patatillas que desea con toda su alma mientras mira a su papá con ojitos lindos para tratar de convencer a un padre de algo que haría sin pesañear.

Unos metros más allá, una pareja ensimismada ha creado un envoltorio tras de sí para hacerse inmune a todo lo que se les resulta, dentro de su proceso mágico de amor, inútil. Me los quedo un ratito mirando, gestos dulces y traviesos, miradas profundas que hasta mí se me clavan, algunos susurros incapaces de ser escuchados por oídos ajenos a esa declaración de amor solo de ellos dos.

No muy lejos de mi mesa, también junto a una ventana, de espaldas a mí, un chico espera impacientemente la llegada de alguien. Con la mirada fija en los critales, absorvido en sus propios pensamientos, aduñeados sus sueños rotos de su desesperación, se deja caer abatido sobre sus manos, que le hacen tanto de apoyo como de consuelo en su inmensa soledad.

Imagino la frustración de su corazón, tan marcado como el mío, tan cercano al dolor roto como yo, en espera de un empujón que lo lance al abismo sin consideración para así dejarse llevar por la oscuridad de la decepción.

Vuelvo a dirigir la mirada a esa niña encaprichada que ya posee en sus manos su anhelado tesoro. Aguarda a que su padre pague con unas monedas su efímera felicidad de buen grado. La niña da salitos de princesa, acorde con su rosado vestido de volantes infinitos, orgullosa de que sus rizos ligeramente anaranjados hagan su trabajo subiendo y bajando dando al aire formas graciosas y frescas.

Aquella pareja, se dirije a pagar la cuenta. Probablemente, quieran dejar darle rienda suelta a su apasionado amor en algún lugar íntimo, creado solo por y para ellos dos. Irán juntos a forjar las bases de un buen amor, a forjar el querer y el respeto por cada centímetro del cuerpo de su amor.

Y vuelta mi vista al desolado joven postrado frente al ventanal. Ahora mira distraído a los peculiares personajes que tiene a su lado. Intento no con pocos esfuerzos darle forma a su rostro, no obstante no lo consigo.

Entonces vuelvo a sumergirme en mi té y en mi propia historia de espera, vuelvo a meterme de lleno en mi soledad y esta se contenta de que vuelva a darle el protagonisto que se cree merecido.

Doy vueltas al té, una y otra y otra... esperando a que se enfríe antes mi esperanza puestas en una nada idiota, sin sentido, totalmente absurda, propia del dadaísmo.

Enfrascada en mis historias convalecientes, noto la presencia de alguien acercándose hacia mí con sumo cuidado. Antes de dirigir la vista hacia el lugar de donde sentía el acercamiento, dirijo una última mirada hacia el chico solitario. No está, allí no se encuentra, ¿cuando se habrá cansado de su eterna soledad? Entonces, dirijo la vista hacia donde debía identificar aquella presencia cada vez más cercana. Levanto la vista hacia ese lado...

- Al fín nos encontramos.

Él, él era el chico que llevaba rato buscando su esperanza perdida... él... ¡É! ¡Tanto tiempo aguardándole y estaba frente a mí tan ocupado cada uno en su propia soledad que no nos habíamos dado cuenta!

Se sienta delante mía, yo, sin querer, derramo la taza de té que cae sobre mis piernas. Me levanto torpemente entre lágrimas y sollozos, él, preocupado, me pregunta si me he quemado. Se acerca a mí, intenta arroparme con sus manos llenas de un sentimiento atrofiado por el tiempo. Como un acto reflejo, me despego de su abrazo. Todo el bar está pendiente de nosotros.

Yo, no consigo más que llorar y mirarle a los ojos. Sólo me quedaba una pregunta:

- ¿Por qué ahora? ¿Por qué vuelves ahora?

- Cada mes vengo, y me siento en esa mesa, buscando tu recuerdo en la calle, esperando verte pasar. Cada mes.

- No te creo, yo he venido cada mes. El día que acordamos, ¿recuerdas? Los sábados últimos del mes. A la hora acordada: a las ocho estoy aquí esperándote durante todo este tiempo.Y te esperaba siempre tres cuartos de hora... y nunca llegaste.

- ¿A las ocho? Llevo viniendo cada día pactado a las nueve... a las nueve, ¿recuerdas? Acordamos a las nueve. Y te espero desde entonces... te he esperado desde entonces, guardándote mi corazón... Hacía lo posible para viajar y estar aquí puntual, siempre.

No consigo comprender la situación... no consigo entender los caprichos del destino... No es posible, tanto tiempo, saliendo por esta puerta un cuarto de hora antes de que él llegara. Me lanzo a sus brazos, entre lágrimas abatidas. Él me mira fijamente y me habla bajito, suave, casi en un susurro:

- Hoy, sin embargo, he venido para decirte que me he enamorado.


Marina

miércoles, 13 de enero de 2010

UNA SOMBRA AL AMANECER




Resulta extraño cómo soy capaz de mirar el firmamento con esta pasividad aterradora, es extraño, es muy extraño. Lo miro desafiándolo con todas mis fuerzas así como siempre he desafiado a la vida. Ya me da igual si el firmamento es un manto que me cubre a mí, es más majestuoso que yo, es más que todo mi yo.
Cierro los puños rozando el suelo con los nudillos. Noto como el asfalto me quema la piel… y aprieto el puño aún más fuerte contra el suelo asfaltado.
La sangre empieza a asomarse por entre mis dedos aunque no siento dolor porque dolor ya no entra en mis carnes. Ya no cabe más dolor en mí, ya no.
Cierro los ojos por un instante, los cierro muy fuerte como si así pudiera desaparecer de este apestoso lugar, este sombrío espacio en el que me siento atrapada para siempre, para la eternidad, para toda la vida.

Quiero desaparecer en este mismo instante de la espesura de la noche. Quiero desvanecer entre las partículas de aire y volverme oxígeno y entrar en los pulmones de otra persona y expiarla, apropiarme de su cuerpo, de sus pensamientos, de sus sentimientos, de su vida.
Me encantaría volverme aire y quedarme entre los rincones de la vida. Me encantaría volverme partícula de la nada y habitar en una especie de agujero negro, de triángulo de las bermudas. Quiero desaparecer de aquí. Lo quiero.

Necesito que un golpe de dolor insoportable me robe los sentidos y me deje descansar, me deje volver a mi mundo de los sueños rotos, si bien siguen siendo sueños. Lo necesito.

Ya no pueda más, aguantar es un suplicio, es ya una rutina del día a día… ya no vivo… no más sólo consigo sobrevivir entre tanto estruendo, entre tanta muerte, entre tanta nada.
Me arrancaron la vida de cuajo, me la arrancaron como más duele, de un golpe seco, de un disparo. Me quitaron lo único que valía para mí, lo único que valía en mí, lo único que tenía.
Tenía… tenía tantas cosas y ahora tengo tantas nadas, tantos vacíos que hacen un eco gigante en mis recuerdos. Tengo tantas partículas vacías dentro de mí que estoy vacía de materia, puedo casi volar dando un salto… pero sólo logro volar hacia un infierno aún más oscuro, aún más inerte, aún más muerto.
Mi hija, mi pequeña, mi niña, mi vida. Todas estas cosas que estaban fusionadas en un solo y único ser se marchitaron de un plomazo cuando cayó empapada de una lluvia mortal, cuando cayó a un suelo mortal, cuando voló a un infierno mortal.
Yo lo vi, vi todo lo que ahora quiero borrar de mi imagen. Vi a mi pequeña con unos ojos de un terror angustioso, con una mirada de incomprensión, con un semblante lleno de desconcierto, de vida arrebatada injustamente… mi pequeña.

Ahora no sé qué hacer, adónde acudir. Esta guerra nos está matando poco a poco, me está desquiciando pues ya no siento. Por increíble que parezca ya no siento. Y no siento porque mi cuerpo se ha hecho inmune al dolor, mi cuerpo se ha convertido en dolor, en un dolor tan fuerte que ya ni duele. Un dolor que desmaya, un dolor que te deja inerte, un dolor que te aleja de tu conciencia. Soy dolor, soy dolor que no duele. Soy nada. Soy un cuerpo vacío de todo y lleno de nada. Soy un rastrojo difunto que se confunde entre las sombras de la noche, soy la angustia que se pasea por esta guerra. Soy la muerte que visita las calles, soy un cuerpo vacío de dolor porque el dolor se ha derramado por todos lados. Sí, soy dolor, dolor que no duele.

Intento levantarme pero mis fuerzas, ya muy pocas, sólo permiten que me arrastre, que me balancee por el suelo manchado de sangre, manchado de traición, tan lleno de vidas rotas, interrumpidas, vidas teñidas de una oscuridad inmensa… se pasean muertos vivos y vivos muertos… la diferencia… la diferencia no sé dónde se encuentra. Sólo sé que todos estamos muertos de alguna manera. Todos estamos vacíos de vida y llenos de guerra. Todos tragamos el polvo de los cañones, el polvo de la venganza, el polvo de la muerte. Absolutamente todos, matemáticamente todos… simplemente todos.

Tan sólo soy un punto negro más en esta historia, en esta guerra, soy tan sólo una sombra más entre tantas sombras, soy sólo una sombra al amanecer.

martes, 20 de octubre de 2009

EL CURIOSO CASO DE UN IDIOTA ILUMINADO


Diviso en un rincón oscuro a alguien que se queda fijado en una pared atemporal, un chico cabizbajo reflexionando sobre los obstáculos que nunca va a poder superar y hoy se arrepiente de todo y, también, de nada.
Creyendo que su alrededor es hostil y no le comprende, estancado en una adolescencia y sumergido en una realidad virtual nada paralela a la suya, va creando fantasmas con los que lucha constantemente sin escudo y sin espada.
Teniendo a mano una metralleta sin munición, un filo de cuchillo que no corta, y unos amigos, a su ver, que no tienen tanto de eso, se va alejando del campo de batalla que ha creado en su propio videojuego. Ya no sabe separar, quizá, realidad de ficción.
Aún no se ha atrevido a mirar a su alrededor porque le rodean muchos errores cometidos y ninguno enmendado y, al otro lado del campo de batalla, tras un cristal blindado, se encuentra una chica. Una muchacha que, con cada error que él mismo comete, más alta y fuerte se vuelve.
Al principio la veía inofensiva, agradable, incluso, algún personaje secundario en su trayectoria virtual que le pudiera servir de acompañante solucionador de obstáculos…
Ahora, tras haberse dado cuenta ella misma de que estaba dentro de su propia historia y no dentro de la suya, se había separado de su mano, como una caricia, y le había hecho prometer algo que él sabía nunca iba a cumplir.
El muchacho sigue mirando ese enorme muro de cristal por donde puede ver a la gigante llorando, derrumbada en su suelo frío… y levantándose de nuevo, para emprender su camino. Aunque él vea en sus ojos poco rastro de crueldad, se le antoja su enemiga, pues sabe que en la batalla del corazón no podría competir con su corazón podrido y empequeñecido… y aun no sabía la forma de hacerlo grande y fuerte, como el de la muchacha que un día fue de su mano.
Ella lo ve, se acerca al cristal y le mira con curiosidad, sin ninguna posición bélica que pudiera asustarlo pero, aun así, él se asusta, retrocede, y empuña inútilmente su metralleta y su cuchillo poco afilado y, hecho el salto de batalla corre en dirección opuesta… corre hacia la nada.
El muchacho desorientado, como de costumbre, huye… mientras la gigante inofensiva va cobrando en su mirada rastrojos de rabia y frustración luchando ella misma con su corazón para no permitir que aquella indiferencia empequeñeciera su corazón y lo pusiera a la altura de aquel eterno perdedor.

miércoles, 1 de abril de 2009

sombra al amanecer

Resulta extraño cómo soy capaz de mirar el firmamento con esta pasividad aterradora, es extraño, es muy extraño. Lo miro desafiándolo con todas mis fuerzas así como siempre he desafiado a la vida. Ya me da igual si el firmamento es un manto que me cubre a mí, es más majestuoso que yo, es más que todo mi yo.

Cierro los puños rozando el suelo con los nudillos. Noto como el asfalto me quema la piel… y aprieto el puño aún más fuerte contra el suelo asfaltado.

La sangre empieza a asomarse por entre mis dedos aunque no siento dolor porque dolor ya no entra en mis carnes. Ya no cabe más dolor en mí, ya no.

Cierro los ojos por un instante, los cierro muy fuerte como si así pudiera desaparecer de este apestoso lugar, este sombrío espacio en el que me siento atrapada para siempre, para la eternidad, para toda la vida.

Quiero desaparecer en este mismo instante de la espesura de la noche. Quiero desvanecer entre las partículas de aire y volverme oxígeno y entrar en los pulmones de otra persona y expiarla, apropiarme de su cuerpo, de sus pensamientos, de sus sentimientos, de su vida.

Me encantaría volverme aire y quedarme entre los rincones de la vida. Me encantaría volverme partícula de la nada y habitar en una especie de agujero negro, de triángulo de las bermudas. Quiero desaparecer de aquí. Lo quiero.

Necesito que un golpe de dolor insoportable me robe los sentidos y me deje descansar, me deje volver a mi mundo de los sueños rotos, si bien siguen siendo sueños. Lo necesito.

Ya no pueda más, aguantar es un suplicio, es ya una rutina del día a día… ya no vivo… no más sólo consigo sobrevivir entre tanto estruendo, entre tanta muerte, entre tanta nada.

Me arrancaron la vida de cuajo, me la arrancaron como más duele, de un golpe seco, de un disparo. Me quitaron lo único que valía para mí, lo único que valía en mí, lo único que tenía.

Tenía… tenía tantas cosas y ahora tengo tantas nadas, tantos vacíos que hacen un eco gigante en mis recuerdos. Tengo tantas partículas vacías dentro de mí que estoy vacía de materia, puedo casi volar dando un salto… pero sólo logro volar hacia un infierno aún más oscuro, aún más inerte, aún más muerto.

Mi hija, mi pequeña, mi niña, mi vida. Todas estas cosas que estaban fusionadas en un solo y único ser se marchitaron de un plomazo cuando cayó empapada de una lluvia mortal, cuando cayó a un suelo mortal, cuando voló a un infierno mortal.

Yo lo vi, vi todo lo que ahora quiero borrar de mi imagen. Vi a mi pequeña con unos ojos de un terror angustioso, con una mirada de incomprensión, con un semblante lleno de desconcierto, de vida arrebatada injustamente… mi pequeña.

Ahora no sé qué hacer, adónde acudir. Esta guerra nos está matando poco a poco, me está desquiciando pues ya no siento. Por increíble que parezca ya no siento. Y no siento porque mi cuerpo se ha hecho inmune al dolor, mi cuerpo se ha convertido en dolor, en un dolor tan fuerte que ya ni duele. Un dolor que desmaya, un dolor que te deja inerte, un dolor que te aleja de tu conciencia. Soy dolor, soy dolor que no duele. Soy nada. Soy un cuerpo vacío de todo y lleno de nada. Soy un rastrojo difunto que se confunde entre las sombras de la noche, soy la angustia que se pasea por esta guerra. Soy la muerte que visita las calles, soy un cuerpo vacío de dolor porque el dolor se ha derramado por todos lados. Sí, soy dolor, dolor que no duele.

Intento levantarme pero mis fuerzas, ya muy pocas, sólo permiten que me arrastre, que me balancee por el suelo manchado de sangre, manchado de traición, tan lleno de vidas rotas, interrumpidas, vidas teñidas de una oscuridad inmensa… se pasean muertos vivos y vivos muertos… la diferencia… la diferencia no sé dónde se encuentra. Sólo sé que todos estamos muertos de alguna manera. Todos estamos vacíos de vida y llenos de guerra. Todos tragamos el polvo de los cañones, el polvo de la venganza, el polvo de la muerte. Absolutamente todos, matemáticamente todos… simplemente todos.

Tan sólo soy un punto negro más en esta historia, en esta guerra, soy tan sólo una sombra más entre tantas sombras, soy sólo una sombra al amanecer.


Marina